Arturo Schomburg, su tiempo y los retos del presente
Por: Hiram Lozada
Cuando estudiamos y celebramos la vida y la obra de Arturo Schomburg, es perentorio una reflexión sobre el discrimen racial en sus tiempos y en los nuestros.
Schomburg, quien nació en San Juan, Puerto Rico, un 24 de enero de 1874, emigró a New York en 1891 y permaneció allí hasta su muerte el 10 de junio de 1938. Schomburg vivió en los Estados Unidos durante el periodo de 1890 a 1920, que es considerado uno de los peores momentos de violencia contra el negro norteamericano. En este nefasto periodo, el puertorriqueño Schomburg se dedicó, en cuerpo y alma, a descubrir y difundir las contribuciones del negro caribeño y norteamericano a la civilización.
El periodo de 1890 a 1920 fueron años terribles para el negro norteamericano. Los datos son tristemente elocuentes. Entre 1890 y 1900 fueron linchados 1217 personas. Pandillas de blancos, protegidas por oficiales sureños, se dedicaban a linchar a los negros. Se les ahorcaba o quemaba en hogueras por cualquier motivo: por mirar a una mujer blanca, por testificar contra un blanco en una corte, por buscar trabajo, por usar lenguaje ofensivo o no decirle “mister” (don) a un blanco o por meramente aceptar la posición de jefe de correo.
Por otro lado en los estados del sur - comenzando con Mississippi en 1890 - se redactaban nuevas constituciones para impedir que los negros votasen en las elecciones, a pesar de que la ciudadanía estadounidense se les concedió en 1870.
La política segregacionista en el Sur, al igual que antes la esclavitud, se justificaba por falsos argumentos teológicos y sociológicos. La ideología de la supremacía blanca afirmaba que la inferioridad del negro era de carácter biológico, que eran incapaces de logros artísticos, intelectuales o morales.
Cuando Tomás Jefferson redactó la Declaración de Independencia de las Trece Colonias en 1776, en la cual expresó que todos los hombres tenían derecho a “la vida, a la libertad y a perseguir la felicidad” no se refería a los negros. Sencillamente porque a su juicio los negros no eran personas. En 1785, en sus Notas sobre el Estado de Virginia, Jefferson escribió que los esclavos “carecían de la capacidad de autocontrol, de reflexión nacional y de devoción hacia una comunidad mayor” y que no estaban capacitados para gozar de la libertad. Jefferson, el liberal, el humanista, reafirmó asi la explotación del negro por el blanco en los siglos venideros.
El Presidente Lincoln, quien es conocido como el libertador de los esclavos, también consideraba a los negros como una “raza inferior”, según manifestó durante sus debates con el Senador Douglas en 1858. Mucho después en 1914, otro presidente liberal, Woodrow Wilson, apoyaba sin reservas la política segregacionista. Wilson opinaba que los negros tenían enfermedades contagiosas y que eran irreverentes, por eso se justificaba segregar los baños y los comedores. A su juicio, la esclavitud fue provechosa para el negro porque así aprendieron a tratar con deferencia a la raza superior. Durante la administración de Wilson, se destituyó de sus puestos a casi todos los funcionarios negros. La policía de Washington y el cuerpo de bomberos dejaron de contratar negros.
Durante esos años, ningún negro podía comprar una casa en Mineápolis, ni podía trabajar en la industria de la construcción en Filadelfia o como ayudante en una tienda de Chicago. Los negros no podían ni siquiera afiliarse a los sindicatos de los obreros blancos.
La política segregacionista tenía razones económicas y políticas. Buscaba evitar que el negro compitiera con el blanco por los empleos. Asimismo, pretendía evitar que los negros usaran el voto para alcanzar poder político. Había además una razón sexual: evitar los matrimonios mixtos o que el negro se uniera a la mujer blanca.
Paradójicamente, el andamiaje legal de los Estados Unidos prohibía el discrimen racial, al menos en el papel.
Las Enmiendas Catorce y Quince, más las leyes de derechos civiles de 1860 y 1870, prohibían la discriminación racial. Pero en la opinión Plessy v. Ferguson de 1896, el Tribunal Supremo federal aprobó las prácticas segregacionistas. La mayoría de los jueces (8 de 9) decidió que separar los negros de los blancos no era discrimen racial, sino una manera de defender las costumbres y mantener la paz y el orden. Esta opinión estableció la doctrina conocida como “Separados pero iguales”, (Separate but equal). La voz disidente del Juez Harlan expresó que “la Constitución no podía distinguir colores”.
En medio de la violencia contra el negro durante los años finales del siglo 19, el pensador afroamericano Booker T. Washington intentó apaciguar los ánimos y detener la violencia. En 1895, Washington dijo que la igualdad social entre los blancos y los negros era imposible y que lo que más les convenía a los negros era buscar el progreso económico sin pretender la igualdad. El pensamiento de Washington era apoyado por los blancos y repudiado por los negros. En 1905 el Dr. W.E.B. DuBois llamó a la comunidad negra a luchar intensa y agresivamente por su libertad y la igualdad social. Éstas eran las tendencias en el pensamiento negro cuando Schomburg se integró al movimiento de derechos civiles en Estados Unidos.
La doctrina “Separados pero iguales” fue descartada por el Tribunal Supremo en 1954 en el caso Brown v. Bd. Of Education. En esta opinión el Tribunal Supremo resolvió en contra de la segregación en las escuelas.
De manera que la vida y la obra de Schomburg en los Estados Unidos, se enmarca y se desarrolla en uno de los periodos más oscuros, sangrientos y peligrosos de la lucha contra el discrimen racial. Schomburg se impone la tarea de combatir la ideología de la supremacía blanca. Para eso tenía que virar al revés el discurso racista. Para eso tenía que rescatar del olvido las obras artísticas y literarias de los negros de todos los tiempos. Y con ello perseguía devolverle al afroamericano la humanidad que el blanco le había arrebatado a fuerza de latigazos, violencia y humillaciones. Por eso consagró su vida a la lucha por los derechos civiles. En su ensayo “El negro descubre su pasado” de 1925, comienza diciendo:
“El negro americano tiene que rehacer su pasado a fin de hacer su futuro. Aunque es correcto pensar que América es el país donde no es necesario tener un pasado, lo que para la nación es un lujo, viene a ser una necesidad primordial para el negro.”
Los tiempos de Schomburg exigían la reafirmación de la negritud, de sus logros, de su humanidad negada, de su belleza y de su valor.
A la luz de la obra y el ejemplo de Schomburg, hay que preguntarse hoy cuáles son las tareas urgentes para combatir el racismo y el discrimen de todo tipo.
Primero, hay que erradicar del lenguaje y de la conciencia social, todo vestigio de los estereotipos del discurso y la ideología racista.
El concepto “negro” es una construcción social de los antiguos amos blanco, que nos persigue como un “sanbenito”. ¿Por qué hay que continuar diciendo que aquél pelotero o aquella cantante es negra? No se escucha decir que el pelotero blanco o el cantante blanco es o no un buen jugador de la pelota o tiene buena voz. Sólo a los oscuros de piel o a los latinos se les añade el adjetivo falsamente racial a su oficio o profesión. Me parece que ya está establecido que hay un “procerato negro” de inmenso valor. No es necesario continuar insistiendo que aquel gran político o aquel gran músico o pelotero eran o son negros. Siempre hemos tenido hombres y mujeres ilustres. No se trata de victorias individuales. Insistir en ello, es como si aún hubiera que demostrar que el negro no es inferior.
Los colores y tonos de la piel son variados y tan ricos como el número de personas hay en el mundo. La dicotomía de “blanco vs. negro” responde a la óptica cultural de las clases dominantes. No se trata de esconder el color de la piel. Se trata de erradicar su determinismo social, producto de políticas de dominación y control.
Hay que erradicar el concepto de “razas”. No hay tal cosa como razas puras. Todos somos híbridos. La identidad de las personas se define por su entorno cultural y social. El comportamiento humano se obtiene del aprendizaje de la cultura. La cultura define la identidad, el lenguaje, la cosmovisión y la relación con el otro y con el mundo.
No obstante, para la erradicación total del racismo, como política de control y dominación, no es suficiente con abolir formas del lenguaje. (Aunque, por mi parte, propongo eliminar de los formularios oficiales cualquier pregunta sobre el color de la piel, por ser ambiguo e innecesario.)
En Puerto Rico, donde el racismo se manifiesta principalmente en la falta de poder político de las masas mulatas y pobres y su ausencia en las esferas del poder, hay que tomar urgentes acciones afirmativas.
Hay, primero, que replantearse el problema del racismo en todo su ámbito político, social y cultural.
Luego, una vez se reconozca sus manifestaciones, ocultas y abiertas, hay que establecer cuotas de participación y representación. De suerte que en las escuelas privadas, en los partidos políticos, en las universidades y en las agencias del gobierno haya representación proporcional de los mulatos y mestizos puertorriqueños. Se trata de que afirmativamente se abran todas las puertas a los sectores marginados.
Schomburg dio los primeros pasos. Ahora nos toca a nosotros.
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